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lunes, 9 de enero de 2017

LA PLANIFICACIÓN PARA UN AÑO: UNA TAREA URGENTE... ESTO TE AYUDARÁ


Razones para planificar su predicación

Tal vez haya usted oído el dicho: “El viaje de mil kilómetros comienza con un solo paso”. Pero la mayoría de nosotros ni siquiera daría el primer paso si no tuviera interés en llegar al lugar de destino.

Planificar su predicación es un camino duro de recorrer. Determinar su estrategia de predicación es un proceso difícil que requiere pensar profundamente y orar intensamente para buscar la guía de Dios en cuanto a las necesidades de la congregación y la dirección de la iglesia. Más aún, se requiere comprometer tiempo y energía para hacer una pausa de las presiones semanales propias del pastorado, y concebir un calendario de predicación exhaustivo. Probablemente no se embarcaría usted en un viaje de planificación de sus predicaciones si no supiera que el viaje valdrá la pena.

El objetivo en este estudio es demostrar que planificar su predicación tiene el valor suficiente como para invertir el tiempo y el esfuerzo necesarios. 

Con ello en mente, examinaremos primero un modelo bíblico para ver cómo se ajusta la planificación de su predicación a dicho modelo. 

Después veremos brevemente unas razones bíblicas que justifican la planificación. Finalmente, consideraremos algunas ventajas que puede tener para su ministerio la creación de un plan de predicación.

Un modelo bíblico de predicación
En 2 Timoteo 4:2 encontramos una descripción bíblica, poderosa y concisa sobre la predicación. Pablo escribe allí: “que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”.

Cuando Pablo le escribe así a Timoteo, le da instrucciones básicas a su protegido sobre qué predicar y cómo hacerlo. Este versículo profundo sugiere varias características que deben estar presentes en nuestra predicación. Examinemos algunas de ellas.

Primero, debemos predicar bíblicamente. 
La orden inicial y más importante a Timoteo fue predicar “la palabra”. La mayoría de veces que aparece en el Nuevo Testamento, la expresión la palabra hace referencia principalmente a la proclamación del mensaje del evangelio. 

De hecho, el mensaje de la muerte y la resurrección de Cristo es el tema central de toda la predicación cristiana. Un sermón que no incluya de alguna forma el mensaje del evangelio no puede llamarse auténticamente un sermón cristiano. Sin embargo, el contexto inmediato de este versículo indica que “toda la Escritura es inspirada por Dios” (2 Ti. 3:16). 

Con este hecho en mente, las implicaciones del término palabra también se pueden ampliar para incluir toda la revelación bíblica. Gary Demarest escribió: “No hay duda en cuanto a qué es la palabra. Es la Palabra de Dios escrita, las Escrituras del Antiguo Testamento y, para nosotros, también el Nuevo. Debemos proclamar la Palabra de Dios al comienzo, al final y siempre”.

La orden de predicar bíblicamente quiere decir que el predicador no tiene la prerrogativa de crear su propio mensaje. La Palabra de Dios le obliga a predicar la Palabra de Dios. El Directorio de Westminster dice: “La idea esencial de predicar es que el predicador debe ser el micrófono de su texto, abriéndolo y aplicándolo como palabra de Dios para sus oyentes… de modo que el texto pueda hablar”.

Un plan completo de predicación debe especializarse en la exposición bíblica. La proclamación bíblica incluye la predicación de series sobre los libros de la Biblia, así como sermones expositivos sobre temas y doctrinas bíblicas importantes.

Segundo, debemos predicar constantemente. 
Se exhorta al predicador a estar listo “a tiempo y fuera de tiempo”. La orden de estar listo solía usarse en sentido militar. Tenía el significado de permanecer en su puesto. Aquí quiere decir perseverar en la tarea que se tiene. Pablo dice que el predicador debe cumplir siempre con su deber. Debe estar listo “a tiempo y fuera de tiempo”. El predicador debe estar listo para predicar, independientemente de si es buen momento para hacerlo o no.

A veces el predicador sabrá, más allá de toda duda, que es momento de predicar. Todo en él le urge a hacerlo. 
  • Está inspirado cada semana cuando se prepara con su estudio. 
  • Las ideas parecen saltar de las páginas de su Biblia. 
  • Se le ocurren ilustraciones para sus sermones en todas partes y en todo lo que hace o ve. 
  • Su congregación está interesada y responde. 
  • Sus oyentes están tan entusiasmados que él podría pararse en el púlpito y decir “mantequilla de maní” y alguien respondería “¡Amén!”. En ocasiones como éstas, al pastor le es fácil predicar.

Pero hay ocasiones en que la predicación está fuera de tiempo. Por distintas razones —algunas físicas, algunas espirituales, algunas inexplicables— la predicación se vuelve difícil. 
  • El predicador tiene problemas para entender el texto bíblico. 
  • Las ilustraciones son evasivas y la aplicación no se identifica fácilmente. 
  • La congregación no muestra interés el domingo por la mañana. 
Todo parece gritar que no es el momento de predicar. Pero aun así, la Biblia nos ordena, incluso cuando sea fuera de tiempo, mantenernos en el deber, seguir en nuestro puesto, predicar constantemente la Palabra de Dios.

Planificar la predicación le será de más utilidad cuando esté fuera de tiempo. Quién de una vez se ha sentado en su escritorio un lunes por la mañana, cansado y desanimado, sin sentir el más mínimo deseo de predicar o preparar la predicación. 

Pero, diligentemente, consulta su plan, lee el texto bíblico que había programado y comienza a estudiarlo. Lo más usual es que comience a ansiar la predicación en tanto examina los detalles del pasaje que ya tenía planificado. El plan le proporcionará a usted un texto bíblico para estudiar y un tema para el sermón aún cuando no se sienta inspirado.

Tercero, debemos predicar con persuasión. 
En 2 Timoteo 4:2 el texto continúa con tres órdenes rápidas: “redarguye, reprende, exhorta”. Los tres términos son de persuasión. 
  • Redargüir enfatiza el razonamiento para persuadir a los escépticos de la verdad de Dios. 
  • El término que se traduce reprender es la misma palabra usada en Mateo 17:18: “Jesús reprendió al demonio, el cual salió del muchacho”. La reprensión supone un llamado a las fuerzas hostiles para que se conformen a la voluntad de Dios. 
  • Exhortar es la palabra griega parakaleo que significa “consolar o alentar”. Es la forma verbal de la palabra parakleto o Consolador, el título que le dio Jesús al Espíritu Santo en Juan 14:16.

Estos tres mandamientos abarcan varios aspectos de la persuasión. 
  • Redargüir es persuadir con razones, 
  • reprender es persuadir con corrección y 
  • exhortar es persuadir dando ánimo. 
Otros pasajes bíblicos harán un llamado a enfoques diferentes de persuasión; el caso es que el predicador está llamado a persuadir. En general, la persuasión tiene lugar durante un período largo de tiempo. Planificar su predicación le proporcionará los medios para llevar a sus oyentes de manera sistemática del lugar donde están al lugar en el cual Dios quiere que estén en términos de sus valores, creencias, comportamientos y actitudes.

Cuarto, debemos predicar con paciencia
La frase final de este versículo nos pide predicar “con toda paciencia y doctrina”. La palabra para “paciencia” es el término que generalmente se usa para referirse a la paciencia de Dios con nosotros. Aquí se aplica al predicador, y se iguala con el concepto de enseñar la doctrina. Demarest observa que la paciencia es la esencia de toda la enseñanza. Escribe: “La enseñanza verdadera saca lo mejor del otro”.

Cuando mi hijo estaba aprendiendo a hablar, nuestra familia hizo un viaje por una autopista interestatal. Las vías estaban llenas de autos, camiones y algún que otro bus. Nosotros estábamos jugando a adelantarnos con un bus rápido. Lo pasábamos y luego él nos volvía a pasar. Joshua veía cuando pasábamos el bus y gritaba: “¡Camión, papi, camión!”. Como vi la oportunidad de enseñarle una nueva palabra a mi hijo, le decía: “Es un bus, Joshua. ¿Puedes decir bus?”.

De nuevo nos pasó el bus y Joshua dijo: “¡Camión, papi, camión!”.
Le repetí: “Bus, Joshua, bus”. El patrón se repitió durante varios minutos. Luego volvimos a pasar al bus y Joshua exclamó: “¡Bus, papi, bus!”.
Orgulloso y con entusiasmo le dije: “¡Sí, Joshua, eso es! Es un bus, aprendiste una palabra nueva”.
Una vez más el bus nos pasó y Joshua gritó: “¡Camión, papi, camión!”.

Desistí, por ese día, de enseñarle a mi hijo a decir “bus”. Se me había acabado la paciencia.

Si se requiere paciencia para enseñarle a un niño a diferenciar entre un bus y un camión, ¿cuánta más paciencia se necesitará para enseñarle a hombres y mujeres pecadores cómo vivir delante del Dios santo? 

La predicación es una empresa que requiere enseñanza paciente. Algunos pastores se frustran porque sus congregaciones no adaptan inmediatamente sus vidas a la verdad bíblica.

La planificación elimina un poco de esa frustración, porque el pastor que planifica ve su predicación en términos de un programa general, no como una serie de sermones individuales. La enseñanza que perdura usualmente requiere más de un sermón. Esa es una de las razones por las cuales su planificación es tan importante: le permite a usted cumplir el mandato bíblico de enseñar con paciencia la Palabra de Dios.

Ejemplos bíblicos de planificación
No hay ningún debate en cuanto a que la Biblia establece la prioridad de la predicación, pero algunas personas podrían preguntarse si el concepto de planificar los mensajes tiene fundamento bíblico. Después de todo, podría argumentar alguien, 
  • ¿no le iría mejor al predicador si tan solo siguiera la dirección del Señor, semana tras semana, en lugar de planificar sus predicaciones antes de tiempo? 
  • ¿No es peligroso que la planificación suplante la obra del Espíritu Santo en su guía del predicador? 
Aunque sí existe el peligro de que el predicador siga sus propios deseos y no la dirección de Dios, tal peligro está presente sin importar si el predicador planifica o deja de hacerlo. No hay nada espiritual en no planificar. De hecho, la Biblia abunda en ejemplos de quienes planificaron la obra que Dios les había encomendado.

En su libro Planeamiento estratégico, Aubrey Malphurs escribe que el pensamiento y la actuación estratégicos no son ajenos a la Biblia. Más bien, dice él, las referencias y los ejemplos de planificación están generosamente esparcidos a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento. 
  • Describe que Moisés sacó a Israel de Egipto y lo guió por el desierto de acuerdo con un plan. 
  • Josué actuó estratégicamente para conquistar Canaán. 
  • Nehemías también pensó y actuó de acuerdo con un plan que guió el proyecto de revitalización divina en Jerusalén.
  • Más aún, el libro de Proverbios presenta la sabiduría y el papel de Dios en la planificación con grandes palabras de consejo como las que siguen:

“El avisado mira bien sus pasos” (Proverbios 14:15b).
“Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo, mas en la multitud de consejeros se afirman” (Proverbios 15:22).
“El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el SEÑOR” (Proverbios 16:9, NVI).
“Los pensamientos con el consejo se ordenan; y con dirección sabia se hace la guerra” (Proverbios20:18).

Malphurs observa también que la Gran Comisión de Cristo, registrada en Mateo 28:18-20, y todas las empresas misioneras de la iglesia primitiva registradas en Hechos, muestran el uso de la planificación en la obra divina. Concluye así: “Entonces es obvio que Dios ha elegido obrar soberanamente, por medio de la planificación y la ejecución estratégicas, para alcanzar su obra divina en la Tierra. De acuerdo con esto, las iglesias deben tener cuidado con quienes les aconsejen ignorar cualquier forma de planificación y que simplemente ‘se dejen llevar y dejen obrar a Dios’”.

Sin embargo, es notorio que ninguno de estos ejemplos bíblicos se refiere a la planificación anticipada de los temas en la predicación. El testimonio de los profetas del Antiguo Testamento parece indicar que eran movidos por el Espíritu Santo y comenzaban a hablar inmediatamente el mensaje que habían recibido. 

Jeremías así lo reflejó cuando escribió: “Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; no obstante, había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude” (Jer. 20:9).

Igualmente, la predicación y la enseñanza apostólicas parecían más motivadas por las situaciones que presionaban a la iglesia cristiana y por la urgencia de llevar el mensaje del evangelio al mundo incrédulo, que por tener un plan preparado. 

Pablo no escribió cartas de instrucción a las iglesias de Galacia, Filipos, Corinto y otras ciudades porque tuviera algún plan estratégico, sino porque en tales iglesias se daban situaciones que requerían palabras de ánimo, reprensión o enseñanza. Pedro y Juan no predicaron a Cristo frente a la oposición en Jerusalén porque estuvieran siguiendo un plan, sino porque no podían hacer otra cosa diferente que hablar lo que habían visto y oído (Hch. 4:20). Sin embargo, fíjese que la predicación de los profetas y los apóstoles era diferente a la predicción contemporánea. Su preocupación tenía una función de revelación, mientras que la nuestra tiene un propósito explicativo.

Existen suficientes razones bíblicas para justificar la planificación de la predicación. La planificación es parte de la toma de decisiones estratégica para llevar a cabo la obra de Dios. Tras haber establecido el motivo bíblico para planificar la predicación, vamos a considerar algunas de las ventajas que tiene la planificación para el predicador.

Los beneficios de planificar su predicación
La planificación de la predicación tiene múltiples beneficios para el pastor, tanto espirituales como prácticos. La mayoría de los libros que tratan sobre la predicación planificada incluye una consideración de las ventajas de crear un plan. 

La siguiente lista de beneficios incluye las observaciones de otros autores, así como algunas ventajas que yo he descubierto personalmente en mi ministerio de predicación.

(1) La planificación de la predicación permite una mayor dirección del Espíritu Santo
Se cuenta una historia de dos predicadores que conversaban sobre sus experiencias en el púlpito. El primero comentaba sus esfuerzos durante toda la semana para preparar sus mensajes. El otro respondía que nunca los preparaba con anticipación, simplemente confiaba en que el Espíritu Santo le inspirara a hablar en el púlpito.

—¿Qué haces si cuando llegas al púlpito el Espíritu no te ha inspirado? —preguntó el primero.
—Bueno, doy vueltas hasta que lo hace —respondió el segundo.

La mayoría de nosotros ni soñaría con rechazar deliberadamente la preparación semanal por razones “espirituales”. Sin embargo, algunos predicadores podrían objetar que la planificación cuidadosa de su predicación por anticipado le quita valor a la dirección del Espíritu Santo. Todo lo contrario, los predicadores que siempre planifican sus predicaciones encuentran que el proceso les ofrece oportunidades más amplias de buscar la guía de Dios sobre lo que hablan.

Alton McEachern escribe: “Planificar su predicación le puede dar al Espíritu Santo una mayor oportunidad de guiar su pensamiento para enriquecer así su predicación… El mismo Espíritu que inspira el sermón en el momento de predicar, puede guiarlo con anterioridad cuando usted planifica la preparación”. 

Si creemos en la soberanía de Dios, debemos creer que el Espíritu Santo sabe qué pasará en la congregación y qué necesitarán oír las personas que se reúnen el domingo. Puesto que Dios conoce tan bien las necesidades de la congregación tanto tres meses como tres días antes, el predicador puede crear un plan de predicación a largo plazo dirigido aún por el Espíritu Santo.

Martyn Lloyd-Jones observa, en su libro La predicación y los predicadores, que el Espíritu Santo no unge o guía arbitrariamente, sino que lo hace como respuesta a la preparación y la consagración. Escribe: “La forma correcta de mirar la unción del Espíritu es pensar en ella como aquello que viene sobre la preparación”.

Lloyd-Jones señala las acciones de Elías en el monte Carmelo para evidenciar su aseveración. Elías se preparó para la caída del fuego cuando construyó el altar, cortó la madera, mató al toro, lo cortó en pedazos que puso sobre la madera en el altar. Entonces oró para que el fuego descendiera, y el fuego descendió, en ese orden. 

Lloyd-Jones afirma: “Todos tendemos a irnos a los extremos; algunos confían solo en su preparación y no miran nada más; otros… tienden a menospreciar la preparación y a confiar tan solo en la unción e inspiración del Espíritu. Pero no debe ser una cuestión de ‘o esto o aquello’; siempre es ‘esto y aquello’. Las dos cosas deben ir juntas”.

Podría preguntarse: “¿Qué pasa si el Espíritu me lleva a predicar otra cosa distinta a la que he planificado?”. La respuesta es simple: pues predique otra cosa diferente a lo que ha planificado. El plan es un siervo, no un amo. Si en realidad Dios lo lleva en otra dirección, usted lo sabrá y será obediente a su liderazgo. Sin embargo, la mayoría de las veces, si usted ha estructurado un plan por el cual ha orado y lo ha consagrado delante de Dios, se dará cuenta de que el Espíritu usará el mensaje que Él mismo lo llevó a planificar meses antes para ministrar a las necesidades y cambiar vidas.

(2) La planificación crea mayor diversidad en su predicación
Todo predicador tiene sus temas teológicos favoritos. A algunos nos encanta hablar de escatología, a otros sobre la vida cristiana victoriosa. Otros más predicaríamos gustosamente mensajes puramente evangelísticos semana tras semana. Dios nos ha hecho de manera tal que ciertos temas bíblicos nos interesen, emocionen y resuenen en nosotros. Sin embargo, no es bueno ni para usted ni para su congregación tocar continuamente la misma cuerda de su arpa homilética.

La Biblia cubre toda una gama de temas teológicos y espirituales, todos los cuales Dios puede usar en su vida y la de sus oyentes. Cuando planifique su predicación, usted tendrá una visión global del plan de predicación que no podría tener predicando semana tras semana.

 Naturalmente, planificará más sermones con temas más variados y que extraigan segmentos más amplios de la Palabra de Dios.

(3) Por medio de la planificación, tendrá la capacidad de enseñarle a su congregación sistemáticamente
La enseñanza requiere planificación. Cuando usted asiste a una clase en la universidad, espera que el profesor llegue el primer día provisto de un temario bien estructurado. Usted recibe el temario, y en sus páginas encuentra un plan detallado de las cosas que el profesor va a tratar ese semestre. El profesor planifica cuidadosamente para poder enseñar todos los aspectos de su materia.

En el caso del pastor, el plan de predicación se convierte en una especie de temario para el año eclesial. En Efesios 4:11 se relaciona el oficio del pastor con la función de enseñanza. Quienes ofrecen cuidado pastoral al pueblo de Dios tienen también la responsabilidad y el don de enseñar las Escrituras. Parte de enseñar al pueblo de Dios es planificar la inclusión de las verdades que la congregación necesita aprender de la Biblia.

Aunque el valor instructivo de la predicación planificada es una ventaja para la congregación y para el pastor, puede ser que algunos miembros de la congregación tarden un poco en aprender a disfrutarlo. Blackwood advierte: “A su debido tiempo muchas personas se entusiasmarán con un ministerio de enseñanza, pero al principio la respuesta puede ser desalentadora. Pueden pasar varias semanas o meses antes de que se acostumbren a la comida sustanciosa”. Sin embargo, cuando los miembros aprendan que en la iglesia se alimentarán con la Palabra de Dios, seguramente asistirán con mayor regularidad y traerán amigos con ellos.

(4) La planificación ayuda a desarrollar servicios de adoración cohesivos y con significado
Imagine que es domingo por la mañana y usted está a punto de dar un mensaje sobre Romanos 8:1-4. Al comienzo del servicio su ministerio musical le enseña a la congregación un coro de alabanza con las mismas palabras de los primeros versículos de su pasaje:

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús,
los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús
me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

Usted observa que los himnos que están cantando incluyen “Cabeza ensangrentada” y en cuanto oye las palabras:

Señor, lo que has llevado,
yo solo merecí;
la culpa que has pagado
al juez yo la debí.
Mas, mírame; confío
en tu cruz y pasión.
Otórgame, Bien mío,
la gracia del perdón,

se da cuenta de que la letra del himno está relacionada con el versículo 3 de su texto, según el cual Dios envió “a su Hijo en semejanza de carne de pecado y, a causa del pecado, condenó al pecado en la carne”. Después, el coro canta un himno con base en “Cómo en su sangre pudo haber”, cuya última estrofa declara:

¡Jesús es mío! Vivo en Él
no temo ya condenación.
Él es mi todo; paz, salud
justicia, luz y redención.
Me guarda el trono eternal
por Él corona celestial.

Para cuando usted se levanta a predicar, la congregación ya ha estado expuesta a muchas ideas del texto sobre el que versará su charla.

Tales servicios de adoración no suceden por accidente. Requieren coordinación entre el predicador y el ministro de la música. Planificar la predicación y después compartirla con quienes participan en el ministerio de la música y en otras áreas del servicio eclesial puede enriquecer la adoración en su iglesia. Especialmente, los que dirigen la música se beneficiarán si conocen de antemano lo que usted predicará. La obra de ellos necesita planificación. Lleva tiempo, por lo general al menos un mes, enseñarle un nuevo himno al coro y prepararlo adecuadamente. Los ministros de la música también necesitan tiempo para coordinar a los solistas y para seleccionar los himnos y las otras canciones que usarán en el servicio.

Obviamente, no todo servicio de adoración puede prepararse alrededor del tema de su sermón. A algunos pasajes de las Escrituras (como por ejemplo las muertes de Ananías y Safira o la muerte de Jezabel) no se les puede poner música fácilmente. Incluso así, si su ministro de la música y otros líderes de la adoración conocen el tema y el texto de su predicación, podrán trabajar con usted para desarrollar un servicio que complemente el sermón.

(5) Planificar ahorra tiempo
He hablado con muchos pastores cuya mayor queja en el ministerio es que no tienen tiempo suficiente para hacer todo lo que tienen que hacer. A un pastor le resulta fácil descubrir asuntos diferentes al estudio y la preparación de sus mensajes que le quitan todo su tiempo. Una de las cosas que les hace perder mucho tiempo semana tras semana es decidirse sobre qué tema predicar.

El lunes por la mañana el pastor se sienta ante su escritorio y piensa: “¿Sobre qué predicaré el próximo domingo?”. Muerde el lápiz, se queda viendo la pantalla en blanco de la computadora, pasa las páginas de su Biblia, da un vistazo a su colección de sermones de otros predicadores, mira la última edición de Time o de Selecciones en busca de ideas. Luego sigue el almuerzo. Después, la tarde se va en visitas y reuniones. Llega el jueves por la mañana y todavía no tiene ni idea sobre qué predicará. 

J. Winston Pearce escribe: “¡Si utilizáramos bien el tiempo que perdemos decidiendo qué predicar, crearíamos obras maestras!”. He descubierto que solo hay una cosa peor que sentarse en su despacho un lunes por la mañana sin saber qué va a predicar el domingo siguiente: ¡estar sentado en su despacho el sábado sin saber qué predicar el domingo!

Cuando usted tiene un plan, se desvanecen todo el tiempo perdido y la frustración de decidir sobre qué va a predicar. En cambio, usted se sienta en su despacho el lunes sabiendo lo que va a predicar el próximo domingo, el que le sigue y el que va después. Cuando planifica, se quita de encima mucho trabajo; ahora sólo necesita hacer lo que ya tenía planificado.

(6) La planificación también protege su tiempo
Todo pastor tiene semanas que lo toman con la guardia baja, semanas en las que tiene tres funerales, una emergencia médica que requiere numerosas visitas al hospital o una crisis en la iglesia que exige toda su atención y su tiempo. Semanas como éstas son normales en el ejercicio pastoral. Tales eventos no son distracciones de su ministerio. En muchos sentidos, las interrupciones son el alma y el corazón del ministerio. Si alguna vez le desalientan las interrupciones, sólo lea los Evangelios y fíjese cuántas veces interrumpieron a Jesús. Él convirtió estas “interrupciones” en oportunidades ministeriales.

Pero independientemente de cómo vea los eventos inesperados, ya sea como interrupciones u oportunidades, lo cierto es que quitan tiempo para la preparación de los sermones. Tener un plan le permite trabajar por anticipado en sus predicaciones y distribuir el tiempo de preparación entre varias semanas, de modo que una semana ocupada no perjudicará la preparación de su sermón dominical.

(7) La planificación le permite tratar los temas en el tiempo apropiado
Otra acusación constante contra la planificación de la predicación es que dificulta la respuesta a las necesidades inmediatas de la congregación. Pero no es necesario que el predicador deje de mencionar los asuntos pertinentes por planificar la predicación. De hecho, programar sus sermones le ayudará a entregar oportunamente la palabra de Dios como respuesta a la vida de su congregación y comunidad.

Tal cosa es cierta por varias razones. Primero, en cuanto usted ponga su plan bajo la dirección del Espíritu Santo, Él lo guiará hacia los asuntos que su congregación más necesita oír, a menudo con resultados sorprendentes. Cuando he predicado series expositivas sobre libros de la Biblia, me he encontrado varias veces con algún sermón que, planificado desde hace varios meses, hablaba puntualmente y con pertinencia a una necesidad surgida en mi congregación durante la semana en que se predicó el mensaje. Cuando esto sucede, el mensaje ministra con mucho poder a la congregación, pues ellos saben que usted no eligió el mensaje tan solo por una necesidad apremiante. Cuando la gente se da cuenta de que el Espíritu Santo guió a su pastor de antemano para ofrecer el mensaje necesario en esa semana, entra en juego un elemento sobrenatural adicional.

Usted puede ajustar con facilidad su programa cuando la muerte, algún desastre u otras crisis le exigen predicar sobre un tema diferente al planificado. Cuando el predicador sabio esté frente a alguna emergencia, simplemente dejará su plan a un lado durante una semana y regresará después. Sin embargo, es infinitamente más fácil ajustar un plan existente que proceder sin ninguna clase de plan.

(8) La planificación le ayuda a ampliar su biblioteca
He oído la historia de un teólogo británico que pasó un año dando conferencias en seminarios y universidades de Estados Unidos. Cuando el año se acababa, alguien preguntó al profesor: “¿Qué le impresiona más del clero estadounidense?”.
Él respondió: “Dos cosas: el brillo de sus automóviles y el vacío de sus bibliotecas”. 

Desarrollar una biblioteca de trabajo es una necesidad del predicador. Los libros en sus anaqueles serán sus herramientas para producir sus sermones. La biblioteca no es un ensamblaje aleatorio de volúmenes donados por amigos bien intencionados o miembros de la iglesia. No es una colección de gangas en la librería de enfrente. Tampoco es una mezcla de libros sobre las últimas tendencias teológicas o de métodos para el crecimiento de la iglesia. No, la biblioteca del pastor es una colección de libros cuidadosamente seleccionados para las necesidades del pastor en su labor de preparación de los sermones.

Una de las mejores maneras de ampliar su biblioteca de trabajo es desarrollar un programa de predicación a largo plazo y bien planificado. Al comienzo de su carrera ministerial, le será casi imposible reunir una colección de obras de referencia, recursos del lenguaje, comentarios y tratados teológicos que le permitieran comenzar un sermón sobre cualquier libro de la Biblia. Si escoge usted los textos bíblicos y los temas de los sermones semana a semana, se encontrará en repetidas ocasiones con que en su biblioteca hacen falta volúmenes importantes para preparar su predicación adecuadamente.

Sin embargo, al tener un plan de predicación, podrá programar la compra de libros que le ayudarán a desarrollar los sermones sobre los temas o libros bíblicos incluidos en su plan. Por ejemplo, si usted sabe con meses de anticipación que predicará una serie sobre el Sermón del Monte, podrá hacerse con los mejores libros sobre el tema.

Planificar no solo le permitirá comprar sus libros por anticipado; también le dará la oportunidad de leer los libros antes de tiempo. Encontrará que leer el material relacionado con sus temas de predicación, por la noche o en su tiempo libre, cuando esté lejos de las presiones de preparar un sermón, enriquecerá tremendamente su predicación. Leer por anticipado avivará su imaginación y añadirá profundidad a los sermones que usted predique.

(9) Planificar reduce el estrés
Quien selecciona sus temas semanalmente y no tiene un sistema para organizar su labor en el púlpito se convierte en un manojo de nervios y estrés. No puede disfrutar del tiempo con su esposa e hijos porque siente constantemente la presión del sermón en el que debe estar trabajando. Su tiempo libre está plagado de pensamientos sobre esa investigación inacabada que le espera en su estudio. Siente un grandísimo descanso al final de los servicios dominicales, pero antes de irse a dormir por la noche ya está experimentando el estrés de tener que escoger tres temas y textos nuevos para la próxima semana.

De manera opuesta, el predicador que planifica puede disfrutar su tiempo lejos del estudio, porque sabe que su preparación del sermón está bajo control. Está confiado en la dirección que tomará la preparación de los sermones semana a semana. Es más amable y está más disponible para su familia. En resumen, elaborar el sermón es un deleite, no una pesadez, por haber planificado su preparación.

(10) Planificar aumenta su creatividad
Además de disminuir el estrés que puede acompañar la predicación, planificar también lo hace más creativo en su enfoque del sermón. Predicar es un trabajo de creatividad. En la mayoría de los casos, a la creatividad no le importan las fechas límite y las soluciones a corto plazo. El predicador debe tener tiempo para investigar y desarrollar un sermón consistente bíblicamente, agradable retóricamente y útil espiritualmente. Una de las ventajas de planificar es que le deja más tiempo para preparar el sermón, y esto mejora el proceso creativo. Los mejores sermones se hierven a fuego lento, no de manera rápida en un horno microondas.

Su mente nunca duerme. Pearce escribe de ella: “Es una trabajadora dispuesta, pero insiste en trabajar de acuerdo a las reglas. Dele una tarea apropiada, la materia bruta necesaria, preguntas por resolver, una buena cantidad de tiempo, y le proporcionará cosas extrañas y maravillosas del pasado. Puede seleccionar, combinar, deducir, predecir, analizar… pero se le debe dar tiempo”.

Con la información para alimentarse, una meta definida y mucho tiempo, sus poderes creativos obrarán de modos que lo sorprenderán. Puede que despierte una noche con la ilustración perfecta o que vaya conduciendo por la autopista cuando le venga a la cabeza la explicación de un concepto que lo ha eludido durante el tiempo que estaba en su oficina. Las ideas irrumpen cuando les permite incubarse en su mente durante un tiempo. Planificar es una manera de darles tiempo de gestación y desarrollo a las ideas de los sermones.

Por tanto, planificar su predicación es más que una tarea administrativa o una ocupación del tiempo. Más bien, es consistente bíblicamente y provechoso para el ministerio del pastor. Planificar traerá beneficios a su ministerio de predicación, su vida pastoral, su vida familiar e incluso a su bienestar emocional y mental. Estoy seguro de que cuando comience a hacerlo descubrirá otras ventajas personales. Después de haber examinado los beneficios de la predicación planificada en su ministerio, pasaremos al primer paso de creación del plan: determinar su estrategia de predicación.

lunes, 8 de agosto de 2016

APRENDIENDO A PREDICAR IX

DWIGHT LYMAN MOODY

CONQUISTADOR DE ALMAS 1837_1899

Se había reservado la noche de un lunes para un discurso dirigido a los materialistas. Carlos Bradlaugh, campeón del escepticismo, que entonces se encontraba en el cenit de su fama, había ordenado que todos los miembros de los clubs que había fundado asistiesen a la reunión. Así pues, cerca de 5.000 hombres, resueltos a dominar el culto entraron y ocuparon todos los bancos.

Moody predicó sobre el siguiente texto: “Porque la roca de ellos no es como nuestra Roca, y aun nuestros enemigos son de ello jueces” (Deu_32:31).

Relatando una serie de incidentes pertinentes y conmovedores de sus experiencias con personas que estaban en su lecho de muerte, Moody dejó que los hombres juzgasen por sí mismos quién tenía un mejor fundamento sobre el cual debían basar su fe y su esperanza. Sin querer, muchos de los asistentes tenían lágrimas en los ojos. La gran masa de hombres, mostrando el más negro y determinado desafío a Dios, reflejado en el rostro, encaró el continuo ataque a los puntos más vulnerables, es decir, el corazón y el hogar. 

Al finalizar, Moody dijo: “Levantémonos para cantar: ‘Oh, venid vosotros los afligidos, ahora’ y mientras lo hacemos, los porteros abran todas las puertas para que puedan salir todos los que quieran. 

Después seguiremos el culto como de costumbre, para aquellos que deseen aceptar al Salvador.” Una de las personas que asistió a ese culto, dijo: “Yo esperaba que todos iban a salir inmediatamente, dejando el recinto vacío. Pero la gran masa de 5.000 hombres se levantó, cantó y se sentó de nuevo; ¡ninguno de ellos dejó su asiento!”

Moody, entonces dijo: “Quiero explicar cuatro palabras: Recibid, creed, confiad y aceptad al Señor.”

Una amplia sonrisa pasó por todo aquel mar de rostros. Después de hablar un poco sobre la palabra recibida, Moody hizo un llamamiento: “¿Quién quiere recibirlo? Solamente tienen que decir: ‘Quiero.’ ” Cerca de cincuenta de los que se encontraban de pie y arrimados a las paredes, respondieron: “Quiero”, pero ninguno de los que estaban sentados dijo nada. 

Un hombre exclamó: “Yo no puedo”, a lo que Moody replicó: “Habló bien y con razón, amigo; fue bueno que se haya expresado así. Escuche y después podrá decir: ‘Yo puedo.’ 

Moody entonces explicó el sentido de la palabra “creer” e hizo el segundo llamamiento: “¿Quién dirá: ‘Yo quiero creer en El?’ ” De nuevo, algunos de los hombres que estaban de pie respondieron, aceptando; pero uno de los jefes de uno de los clubs gritó: “¡Yo no quiero!” Entonces Moody, vencido por su ternura y compasión, respondió con voz quebrantada: “Todos los hombres que están aquí esta noche tienen que decir: “Yo quiero”, o “Yo no quiero”.

Entonces Moody hizo que la audiencia considerase la historia del hijo pródigo, diciendo: “La batalla es sobre querer — solamente sobre querer. Cuando el hijo pródigo dijo: `Me levantaré’, fue cuando él ganó la lucha, porque había alcanzado el dominio sobre su propia voluntad. Y sobre este punto es que depende todo hoy. Señores, tenéis ahí en vuestro medio a vuestro campeón, el amigo que dijo: ‘Yo no quiero.’

Deseo que todos aquí, los que crean que ese campeón tiene razón, se levanten y sigan su ejemplo, diciendo: ‘Yo no quiero.’ ” Todos se quedaron quietos y hubo un gran silencio hasta que por fin Moody lo interrumpió, diciendo: “¡Gracias a Dios! Nadie dijo: ‘Yo no quiero.’ Ahora, ¿quién dirá: ‘Yo quiero?’ “

Entonces parece que, instantáneamente, el Espíritu Santo se hizo cargo de ese gran auditorio de enemigos de Jesucristo, y cerca de 500 hombres se pusieron de pie, con lágrimas corriéndoles por las mejillas y gritando: “¡Yo quiero! ¡Yo quiero!” Clamaron hasta que todo el ambiente se transformó... La batalla se había ganado.

LECCIÓN IX>>>

domingo, 7 de agosto de 2016

La Predicación necesita un pastor que prepare sus mensajes

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vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de su manto llenaba el templo... él tocó mi boca, y dijo: He aquí, esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado...¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?


JONATHAN GOFORTH
“Con mi Espíritu” 1859-1936
Cierto día del año 1900, en Changte, en el interior de la China, pasó un correo galopando velozmente. Llevaba un despacho de la emperatriz al gobernador, ordenándole que tomase medidas para exterminar, inmediatamente, a todos los extranjeros. En aquella horrible masacre que siguió, Jonatán Goforth, su esposa e hijos pequeños, fueron cercados por millares de bóxers, determinados a quitarles la vida.

El padre de familia, al caer al suelo, víctima de un tremendo golpe que casi le partió el cráneo, oyó una voz que le decía: “¡No temas! ¡Tus hermanos están orando por ti!” Antes de quedar inconsciente, vio que llegaba a galope un caballo que amenazaba atropellarlo. Al volver en sí, vio que el caballo había caído a su lado, pataleando de tal manera que sus atacantes fueron obligados a desistir del propósito de matarlo.

Así, pues, el misionero reconoció que la mano de Dios lo protegió maravillosa y constantemente todo el tiempo de la masacre de los bóxers, en la cual centenares de creyentes fueron muertos. Jonatán Goforth y su familia se salvaron de las innúmeras situaciones angustiosas que pasaron entre el pueblo amotinado, hasta que por fin, veinte días después, llegaron al litoral del país.

Rosalind y Jonatán Goforth vivían su vida escondidos con Cristo en Dios. He aquí, en sus propias palabras, cómo vivían: “No es solamente necedad aceptar para nosotros la gloria que pertenece a Dios, sino que además es un grave pecado, porque el Señor dijo: “A otro no daré mi gloria.”

Siendo aún joven, Jonatán Goforth adoptó las palabras de Zac_4:6 como lema de su vida: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.”

Alguien que lo conocía íntimamente, escribió lo siguiente: “Ante todo Jonatán Goforth era un conquistador de almas. Fue por esa razón que se hizo misionero en el extranjero; no había otro interés, otra actividad ni otro ministerio que lo atrajese. . . Con el fuego del amor de Dios en su corazón, él manifestaba un entusiasmo irresistible y una energía incansable. Nada podía impedir sus esfuerzos dinámicos en la obra, para la cual Dios lo había llamado. Era así tanto a los 77 años de edad, como cuando tenía 57. Con la pérdida de la vista durante los últimos tres años de su vida, no disminuyeron sus bríos — al contrario, parece que aumentaron.”

Sus propias palabras nos revelan cómo fueron echados los cimientos de su vida, constantemente esforzada al servicio del Señor: “Mi madre, cuando mis hermanos y yo éramos todavía pequeños, nos enseñaba con un desvelo incesante las Escrituras y oraba con nosotros. Una cosa que tuvo una gran influencia sobre mi vida, fue el hecho de que mi madre me pidiese que le leyera los Salmos en voz alta.

Yo tenía apenas cinco años cuando comencé a hacer ese ejercicio y encontré su lectura fácil. Con la práctica adquirí la costumbre de memorizar las Escrituras, cosa que continué haciendo con gran provecho.”

Todos podríamos decir que es muy fácil que la lectura de las Escrituras y la oración degeneren en una monótona formalidad. Pero, al contrario, el semblante de Jonatán Goforth, se iluminaba con el reflejo de la gloria de las Escrituras que recibía en su alma. Después de su muerte, una criada católica romana declaró lo siguiente: “Cuando el señor Goforth se hospedaba en la casa donde trabajo, yo le miraba el rostro y me preguntaba a mí misma: ¿Será así el rostro de Dios?”

Acerca de la conversión de su padre, Jonatán escribió lo siguiente: “En la época de mi conversión, yo estaba viviendo con mi hermano Guillermo. Cierta vez nuestros padres fueron a visitarnos y se quedaron con nosotros más o menos un mes. Hacía tiempo que el Señor me había guiado a realizar cultos domésticos. Así pues, un día anuncié: ‘Celebraremos un culto doméstico hoy, y pido a todos que se reúnan después de la comida.’ Yo esperaba que mi padre se manifestase contrario a la idea, porque en su casa no habíamos acostumbrado dar gracias a Dios antes de las comidas, ¡cuánto más celebrar un culto doméstico!

Leí un capítulo de Isaías, y después de hablar algunas palabras, oramos juntos, de rodillas. Continuamos celebrando los cultos domésticos durante todo el tiempo que me encontraba en casa. Después de algunos meses, mi padre fue salvo.”

Cuando el joven Goforth realizaba sus estudios secundarios en el gimnasio, su ambición era llegar a ser abogado, hasta que, cierto día, leyó la inspiradora biografía del predicador Roberto McCheyne. No solamente se desvanecieron para siempre todas sus ambiciones, sino que él también dedicó toda su vida a llevar almas al Salvador. En ese tiempo, el joven “devoró” los siguientes libros: “Los discursos de Spurgeon”; “Los mejores sermones de Spurgeon”; “La gracia abundante” (Bunyan) y “El descanso de los santos” (Baxter). Por supuesto, la Biblia era su libro predilecto y acostumbraba levantarse dos horas más temprano para estudiar las Escrituras, antes de ocuparse en cualquier otro servicio del día.

Acerca del llamado que recibió de Dios en ese tiempo, él escribió lo siguiente: “A pesar de sentirme dirigido hacia el ministerio de la Palabra, me negaba terminantemente a ser un misionero en el extranjero.

Pero un colega me invitó a asistir a una reunión de un misionero, el cual hizo el siguiente llamado: ‘Desde hace dos años voy pasando de ciudad en ciudad, contando la situación de Formosa y rogando que algún joven se ofrezca para auxiliarme. Pero parece que no he logrado transmitir la visión a ninguno. Así pues, regreso solo. Dentro de poco tiempo mis huesos se estarán blanqueando en la ladera de algún cerro en Formosa. Se me oprime el corazón al saber que ningún joven se siente llamado a continuar el trabajo que yo inicié.’

“Al oír esas palabras, me sentí sumamente avergonzado. Si la tierra me hubiese tragado, habría sido para mí un alivio. Yo que había sido comprado con la preciosa sangre de Cristo, osaba planear mi vida de acuerdo con mi voluntad únicamente. Oí entonces la voz del Señor que me decía: ‘¿ A quién enviaré, y quién irá por nosotros?’ Y respondí: ‘Heme aquí, envíame a mí’ Desde entonces soy misionero. Leía ávidamente todo lo que podía encontrar acerca de las misiones en el extranjero y me esforzaba por transmitir a los demás la visión que yo había alcanzado — la visión de los millones de seres humanos que no han tenido la oportunidad de escuchar a un predicador.”

LECCIÓN VIII>>>

viernes, 5 de agosto de 2016

APRENDIENDO A PREDICAR VII


LECCIÓN 7>>>

JUAN WESLEY


Tea arrebatada del fuego 1703-1791
A medianoche el cielo estaba iluminado por el reflejo sombrío de las llamas que devoraban vorazmente la casa del pastor Samuel Wesley. En la calle la gente gritaba: “¡Fuego! ¡Fuego!” Sin embargo, adentro la familia del pastor continuaba durmiendo tranquilamente, hasta que algunos escombros en llamas cayeron sobre la cama de Hetty, una de las hijas de la familia. La niña despertó sobresaltada y corrió al cuarto de su padre. Sin poder salvar absolutamente nada de las llamas, la familia tuvo que salir de la casa vistiendo apenas la ropa de dormir, en una temperatura helada.
El ama, al despertarse con la alarma, sacó rápidamente de la cuna al menor de los hijos, Carlos. Llamó a los otros niños, insistiendo que la siguiesen y bajó la escalera; sin embargo, Juan, que sólo tenía cinco años y medio, se quedó durmiendo.
Por tres veces la madre, Susana Wesley, que estaba enferma, tentó en vano subir la escalera. Dos veces el padre intentó, sin lograrlo, pasar por en medio de las llamas corriendo. Consciente del peligro inminente, juntó a toda su familia en el jardín donde todos cayeron de rodillas y suplicaron a Dios por la vida del niño que estaba dentro de la casa presa del fuego.
Mientras la familia oraba en el jardín, Juan se despertó y después de tratar inútilmente de bajar por las escaleras, se trepó sobre un baúl que estaba frente a una ventana, donde uno de los vecinos lo vio parado.
El vecino llamó a otras personas y concibieron el plan de que uno de ellos trepara sobre sus hombros y un tercer hombre igualmente trepara sobre los hombros del segundo, hasta alcanzar a la criatura. De esa manera Juan se salvó de morir en la casa en llamas, rescatado apenas unos momentos antes de que el techo se desplomase con gran estrépito.
Los valientes vecinos que lo salvaron, llevaron al niño a los brazos de su padre. “Vengan, amigos”, gritó Samuel Wesley al recibir a su hijito, “arrodillémonos y demos gracias a Dios! El me ha restituido a mis  ocho hijos; dejen que la casa arda; tengo recursos suficientes.” Quince minutos mas urde la casa, los libros, documentos y mobiliario ya no existían.
Años después, en cierta publicación apareció el retrato de Juan Wesley, y al pie del mismo se veía la ilustración de una casa ardiendo, y junto a ella la siguiente inscripción: ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? (Zac_3:2).
En los escritos de Wesley se encuentra la siguiente referencia interesante sobre ese histórico siniestro:
“El 9 de febrero de 1750, durante un culto de vigilia, cerca de las once de la noche, recordé que era precisamente ése el día y la hora en que, cuarenta años atrás, me habían arrebatado de las llamas. Aproveché entonces la ocasión para relatar ese hecho de la maravillosa providencia. Las alabanzas y las acciones de gracias se elevaron a los cielos, y fue muy grande el regocijo demostrado al Señor.” Tanto el pueblo como Juan Wesley ya sabían para entonces por qué el Señor lo había librado del incendio.
El historiador Lecky se refiere al Gran Avivamiento como la influencia que salvó a Inglaterra de una revolución igual a la que, en la misma época, dejó a Francia en ruinas. De los cuatro personajes que se destacaron en el Gran Avivamiento, Juan Wesley fue el que más se distinguió. Jonatán Edwards, que nació en el mismo año que Wesley, falleció treinta y tres años antes que éste; Jorge Whitefield, nacido once años después que Wesley, falleció veinte años antes que él, y Carlos Wesley tomó parte efectiva en el movimiento por un período de dieciocho años solamente, mientras que Juan continuó durante medio siglo.
Pero para que la biografía de este célebre predicador sea completa es necesario incluir la historia de su madre, Susana. En efecto, es como cierto biógrafo escribió; “No se puede narrar la historia del Gran Avivamiento que tuvo lugar en Inglatera el siglo pasado (XVIII), sin conceder una gran parte de la honra merecida a la madre de Juan y Carlos Wesley; no solamente debido a la educación que inculcó profundamente en sus hijos, sino por la dirección que le dio al avivamiento.
La madre de Susana era hija de un predicador. Dedicada a la obra de Dios, se casó con el eminente ministro, Samuel Annesley. De los veinticinco hijos de ese enlace, Susana era la vigésima cuarta. Durante su vida siguió el ejemplo de su madre, empleando una hora de la madrugada y otra hora de la noche para orar y meditar sobre las Escrituras. Por lo que escribió cierto día, se puede apreciar cómo ella se dedicaba a la oración: “Alabado sea Dios por todo el día que nos comportamos bien. Pero todavía no estoy satisfecha, porque no disfruto mucho de Dios. Sé que aún estoy demasiado lejos de £1; anhelo tener mi alma más íntimamente unida a El mediante la fe y el amor.”

jueves, 4 de agosto de 2016

APRENDIENDO A PREDICAR VI


LECCIÓN 6>>>

ENRIQUE MARTYN
Luz usada enteramente por Dios 1781-1812
Arrodillado en una playa de la India, Enrique Martyn derramaba su alma ante el Maestro y oraba:  “Amado Señor, yo también andaba en el país lejano; mi vida ardía en el pecado… quisiste que yo regresase, ya no más un tizón para extender la destrucción, sino una antorcha que resplandezca por ti (Zac_3:2). ¡Heme aquí entre las tinieblas más densas, salvajes y opresivas del paganismo. Ahora, Señor,quiero arder hasta consumirme enteramente por ti!”
El intenso ardor de aquel día siempre motivó la vida de ese joven. Se dice que su nombre es “el nombre más heroico que adorna la historia de la Iglesia de Inglaterra, desde los tiempos de la reina Isabel”. Sin embargo, aun entre sus compatriotas, él no es muy conocido.
Su padre era de físico endeble. Después que él murió, los cuatro hijos, incluyendo Enrique, no tardaron en contraer la misma enfermedad de su padre, la tuberculosis.
Con la muerte de su padre, Enrique perdió el intenso interés que tenía por las matemáticas y más bien se interesó grandemente en la lectura de la Biblia. Se graduó con los honores más altos de todos los de su clase. Sin embargo, el Espíritu Santo habló a su alma: “Buscas grandes cosas para ti, pues no las busques.”
Acerca de sus estudios testificó: “Alcancé lo más grande que anhelaba, pero luego me desilusioné al ver que sólo había conseguido una sombra.”
Tenía por costumbre levantarse de madrugada y salir a caminar solo por los campos, para gozar de la comunión íntima con Dios. El resultado fue que abandonó para siempre sus planes de ser abogado, un plan que todavía seguía porque “no podía consentir en ser pobre por el amor de Cristo”.
Al escuchar un sermón sobre “El estado perdido de los paganos”, resolvió entregarse a la vida misionera. Al conocer la vida abnegada del misionero Guillermo Carey, dedicada a su gran obra en la India, se sintió guiado a trabajar en el mismo país.
El deseo de llevar el mensaje de salvación a los pueblos que no conocían a Cristo, se convirtió en un fuego inextinguible en su alma después que leyó la biografía de David Brainerd, quien murió siendo aún muy joven, a la edad de veintinueve años. 
Brainerd consumió toda su vida en el servicio del amor intenso que profesaba a los pieles rojas de la América del Norte. Enrique Martyn se dio cuenta de que, como David Brainerd, él también disponía de poco tiempo de vida para llevar a cabo su obra, y se encendió en él la misma pasión de gastarse enteramente por Cristo en él breve espacio de tiempo que le restaba. 
Sus sermones no consistían en palabras de sabiduría humana, sino que siempre se dirigía a la gente, como “un moribundo, predicando a los moribundos”.
A Enrique Martyn se le presentó un gran problema cuando la madre de su novia, Lidia Grenfel, no consentía en el casamiento porque él deseaba llevar a su esposa al extranjero. 
Enrique amaba a Lidia y su mayor deseo terrenal era establecer un hogar y trabajar junto con ella en la mies del Señor. Acerca de esto él escribió en su diario lo siguiente: “Estuve orando durante hora y media, luchando contra lo que me ataba… Cada vez que estaba a punto de ganar la victoria, mi corazón regresaba a su ídolo y, finalmente, me acosté sintiendo una gran pena.”
Entonces se acordó de David Brainerd, el cual se negaba a sí mismo todas las comodidades de la civilización, caminaba grandes distancias solo en la floresta, pasaba días sin comer, y después de esforzarse así durante cinco años volvió, tuberculoso, para fallecer en los brazos de su novia, Jerusha,  hija de Jonatán Edwards.
Por fin Enrique Martyn también ganó la victoria, obedeciendo al llamado a sacrificarse por la salvación de los perdidos. Al embarcarse, en 1805, para la India, escribió: “Si vivo o muero, que Cristo sea glorificado por la cosecha de multitudes para El.”
A bordo del navío, al alejarse de su patria, Enrique Martyn lloró como un niño. No obstante, nada ni nadie podían desviarlo de su firme propósito de seguir la dirección divina. El también era un tizón arrebatado del fuego, por eso repetidamente decía: “Que yo sea una llama de fuego en el servicio divino.”
Después de una travesía de nueve largos meses a bordo y cuando ya se encontraba cerca de su destino, pasó un día entero en ayuno y oración. Sentía cuan grande era el sacrificio de la cruz y cómo era igualmente grande su responsabilidad para con los perdidos en la idolatría que sumaban multitudes en la India. Siempre repetía: “Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra” (Isa_62:6-7).
La llegada de Enrique Martyn a la India, en el mes de abril de 1806, fue también en respuesta a la oración de otros. La necesidad era tan grande en ese país, que los pocos obreros que había allí se pusieron de acuerdo en reunirse en Calcuta de ocho en ocho días, para pedir a Dios que enviase un hombre lleno del Espíritu Santo y de poder a la India. Al desembarcar Martyn, fue recibido alegremente por ellos, como la respuesta a sus oraciones.
Es difícil imaginar el horror de las tinieblas en que vivía ese pueblo, entre el cual fue Martyn a vivir. Un día, cerca del lugar donde se hospedaba, oyó una música y vio el humo de una pira fúnebre, acerca de las cuales había oído hablar antes de salir de Inglaterra. Las llamas ya comenzaban a subir del lugar donde la viuda se encontraba sentada al lado del cadáver de su marido muerto. Martyn, indignado, se esforzó pero no pudo conseguir salvar a la pobre víctima.
En otra ocasión fue atraído por el sonido de címbalos a un lugar donde la gente rendía culto a los demonios. Los adoradores se postraban ante un ídolo, obra de sus propias manos, ¡al que adoraban y temían! Martyn se sentía “realmente en la vecindad del infierno”.
Rodeado de tales escenas, él se esforzaba más y más, incansablemente, día tras día en aprender la lengua. No se desanimaba con la falta de fruto de su predicación, porque consideraba que era mucho más importante traducir las Escrituras y colocarlas en las manos del pueblo. Con esa meta fija en su mente perseveraba en la obra de la traducción, perfeccionándola cuidadosamente, poco a poco, y deteniéndose de vez en cuando para pedir el auxilio de Dios.
Cómo ardía su alma en el firme propósito de dar la Biblia al pueblo, se ve en uno de sus sermones, conservado en el Museo Británico, y que copiamos a continuación:
“Pensé en la situación triste del moribundo, que tan sólo conoce bastante de la eternidad como para temer a la muerte, pero no conoce bastante del Salvador como para vislumbrar el futuro con esperanza. 
No puede pedir una Biblia para aprender algo en que afirmarse, ni puede pedir a la esposa o al hijo que le lean un capítulo para consolarlo. ¡La Biblia, ah, es un tesoro que ellos nunca poseyeron! Vosotros que tenéis un corazón para sentir la miseria del prójimo, vosotros que sabéis cómo la agonía del espíritu es más cruel que cualquier sufrimiento del cuerpo, vosotros que sabéis que está próximo el día en que tendréis que morir, ioh, dadles aquello que será un consuelo a la hora de la muerte!”
Para alcanzar ese objetivo, de dar las Escrituras a los pueblos de la India y de Persia, Martyn se dedicó a la obra de traducción de día y de noche, en sus horas de descanso y mientras viajaba. No disminuía su marcha ni cuando el termómetro registraba el intenso calor de 50°, ni cuando sufría de fiebre intermitente, ni debido a la gravedad de la peste blanca que ardía en su pecho.
Igual que David Brainerd, cuya biografía siempre sirvió para inspirarlo, Enrique Martyn pasó días enteros en intercesión y comunión con su “amado, su querido Jesús”. “Parece”, escribió él, “que puedo orar cuanto quiera sin cansarme. Cuan dulce es andar con Jesús y morir por El…” Para él la oración no era una mera formalidad, sino el medio de alcanzar la paz y el poder de los cielos, el medio seguro de quebrantar a los endurecidos de corazón y vencer a los adversarios.
Seis años y medio después de haber desembarcado en la India, a la edad de 31 años, cuando emprendía un largo viaje, falleció. Separado de los hermanos, del resto de la familia, rodeado de perseguidores, y su novia esperándolo en Inglaterra, fue enterrado en un lugar desconocido.
¡Fue muy grande el ánimo, la perseverancia, el amor y la dedicación con que trabajó en la mies de su Señor! Su celo ardió hasta consumirlo en ese corto espacio de seis años y medio. Nos es imposible apreciar cuan grande fue la obra que realizó en tan pocos años. Además de predicar, logró traducir parte de las Sagradas Escrituras a las lenguas de una cuarta parte de todos los habitantes del mundo. 
El Nuevo Testamento en indi, indostani y persa, y los evangelios en judaico-persa son solamente una parte de sus obras.
Cuatro años después de su muerte nació Fidelia Fiske en la tranquilidad de Nueva Inglaterra. Cuando todavía estudiaba en la escuela, leyó la biografía de Enrique Martyn. Anduvo cuarenta y cinco kilómetros de noche, bajo violenta tempestad de nieve, para pedir a su madre que la dejase ir a predicar el evangelio a las mujeres de Persia. Al llegar a Persia, reunió a las mujeres y les habló del amor de Jesús, hasta que el avivamiento en Oroomiah se convirtió en otro Pentecostés.
Si Enrique Martyn, que entregó todo para el servicio del Rey de reyes, pudiese hoy visitar la India y Persia, cuan grande sería la obra que encontraría, obra realizada por tan gran número de fieles hijos de Dios, en los cuales ardió el mismo fuego encendido por la lectura de la biografía de ese precursor.